Yo caminaba tranquila y sonriente, mientras llegaba a mi destino. Te cruzaste en mi camino y te quedaste observándome un buen rato, me sonrojé, no sabía por qué me mirabas así.
Seguí avanzando hasta que llegué, y allí te vi, sentado a pocos metros de mi. En cuanto me viste entrar, no apartaste la mirada de mi. Sentí algo raro en mi interior, sentí como si mi vida fuera a cambiar a partir de ese momento.
Tras ese evento, cuando volví a mi casa, encontré un mensaje nuevo acompañado de una petición de amistad. Sin mirar siquiera quien lo mandó, pensé que fuiste tú, no sé por qué. No me equivoqué.
No sé como me encontraste, pero lo hiciste, y ese mensaje tan amable y elaborado me hizo sonreír.
A partir de ahí, me fui enamorando de tus palabras y tu sonrisa, todo tú.
Muchas cosas pasaron, pero jamás olvidaré el día en que sentí tus brazos rodeando mi cuerpo por primera vez, con esa tímida sonrisa en tu rostro; ni el día en el que sentí tus temblorosos labios acariciando los míos; ni siquiera el día en el que me hiciste el amor por primera vez. Tampoco olvidaré jamás cómo un día me partiste el corazón en dos, y durante mucho tiempo renuncié al vivir propiamente dicho, tan sólo existía, era un alma vagante que perdió su sonrisa por varios largos meses. Y ahora, estás otra vez aquí, a mi lado, sonriéndome y mirándome igual que la primera vez. Yo siempre te amé, y aunque tenga miedo, supongo que ahora vuelvo a ser realmente feliz.
Es por ello, que hace justo un año, cambiaste mi vida por completo.