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lunes, 14 de octubre de 2013

La llegada del invierno.

Un verano oscuro, gélido. Nada podía consolar mi corazón. Las lágrimas brotaban de mis ojos, en ellas se veía reflejada mi alma rota. Jamás comprendí el por qué de muchas cosas, jamás pude aceptar tu salida de mi vida. 
Algo que jamás debió suceder, algo que jamás debió comenzar, en ese día de invierno. Cada día a tu lado me envenenabas más, cada día, mi vida dependía más de ti. Todo mi mundo eras tú, eras el motivo de mis sonrisas, de mis lágrimas y de mi más pura existencia.
Creí que por fin podía ser feliz, creí que por fin podía sentir el amor, ese amor que yo irradiaba por ti, algo que jamás hice por nada ni nadie. Lo hice, se sintió tan intenso como si de mil puñaladas en el corazón se tratase.
En ese momento me di cuenta de que estaba perdida, y de que probablemente, saldría malherida. No hice caso a mi mente, seguí guiándome por mi insensato y enamorado corazón. Cada día que pasaba, cada mirada, cada palabra, cada beso, cada caricia, cada vez que me hacías el amor; cada una de esas veces me condenabas a la debilidad y al dolor una vez más.
Hasta que llegó el fatídico día en el que pateaste mi corazón y flagelaste mi alma como nunca antes nadie lo había hecho. 
Hoy en día, aún alzo la mirada empapada en recuerdos que trae consigo la llegada del invierno.

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